Amuleto con forma de halcón

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El clarividente halcón de largo vuelo fue una de las primeras imágenes de la monarquía de Egipto y en la cultura humana. Sus alas extendidas evocaban la gran amplitud del cielo. Sus fieros y redondos ojos sugerían el Sol y la Luna. Su pecho moteado se parecía a las nubes ligeras como plumas que puntean el empíreo; y su respiración se equiparaba con los vientos. Por todo ello, el halcón era emblema del dios supremo, y el rey era el representante o la encarnación terrenal del dios. El Horus Halcón al final se convirtió en el título de la dignidad real y la «personificación del poder divino y real». Pues en Egipto a un faraón se le consideraba a la vez el dios Horus, su encarnación en la tierra.

Este elegante halcón invoca con facilidad dicho simbolismo. Al dar vueltas y después caer de los cielos como una bala plumada, un halcón alcanza velocidades superiores a 320 km/h para romper el cuello de su presa de un único golpe, vinculándolo con las imágenes de clarividencia sobrenatural, la vigilancia experta y el ataque relámpago, que también han expresado la idea de la guerra como un poder que se abate sobre otro. Bien puede verse en la Paleta de Narmer, en donde la imagen del dios Horus, personificado como halcón, se encuentra posado sobre seis tallos de papiro que hacen referencia al Delta del Nilo, y somete a un enemigo agarrándolo con un gancho por la nariz; esta iconografía simboliza cómo el dios se apropia de la respiración y la vida de aquellos que se oponen a él.

Los halcones construían su morada en la parte superior de los antiguos palacios y templos de Egipto. Desde la conciencia egipcia en la existencia de la divinidad, los primeros faraones intentaban introducir aquellos elementos más claros e inequívocos que les aseverasen en su trono. El faraón Dyet hizo colocar en su tumba una de las más importantes estelas, el más bello ejemplo de escultura monumental de su tiempo, el artista plasmó el nombre de Horus, el símbolo más antiguo utilizado para representar el título de faraón: un halcón (el dios Horus) sobre un serej (fachada de palacio) con el nombre del rey, en escritura jeroglífica egipcia.

Los escultores representaron al halcón posado sobre la nuca del faraón, acariciándole de forma protectora la cabeza con sus alas, lo que sugería una intercesión protectora de una región celestial, como la estatua de tamaño natural del faraón Jafra en diorita; obra maestra del Imperio Antiguo, tanto por la destreza de la labor como por su carácter simbólico, pues representa el concepto de soberanía. Se trata de una figura sedente de cuerpo entero presentando al faraón semidesnudo, con sólo el faldín plisado, en una postura de rígida simetría, sentado sobre un trono ornamentado en cuyos lados muestran las flores del Alto y el Bajo Egipto, enlazadas como símbolo de unión, lo acompaña el halcón que representa al dios abrazando su cabeza por detrás con sus alas.

Con sus extraordinarias facultades visuales, el halcón puede reconocer objetos pequeños a más de 1,5 km de distancia, sus ojos esféricos son treinta veces más sensibles al color que los de los humanos. El ojo del halcón es el ojo del Sol primigenio que protege de las aguas de la desintegración. Uno de los amuletos protectores más utilizados por los egipcios era el Ojo de Horus, una imagen de un ojo, de arquetipo egipcio, oriundo del mismo dios, quien lo perdió en su contienda contra su tío Seth en venganza por la muerte de su padre, Osiris, a manos de su hermano.

Debido a su capacidad de volar alto, viajar por todas partes y ver incluso la luz ultravioleta, en los mitos, el halcón es un mensajero que reside entre los mundos terrenal y sobrenatural. Las esculturas del halcón en los emplazamientos mortuorios de Egipto ayudaron a garantizar el renacimiento del faraón, pues en cuanto el Horus Halcón emergió triunfal de la oscuridad y la muerte al amanecer, también ascendió a la eternidad el ba del faraón fallecido, su alma con cabeza de halcón. En la Baja Época, sobre todo, se generalizaron las esculturas del halcón Horus en piedra de grandes dimensiones, podría decirse a partir de los 50 cm hasta los casi tres metros de altura. Las mayores eran emplazadas en templos, como las cuatro que se mantienen erguidas en el santuario consagrado a Horus por excelencia: el Templo de Edfu. Las de menores dimensiones fueron realizadas para el culto privado, siendo depositadas en las cámaras funerarias de las tumbas de sus propietarios, como ofrenda en una capilla o templete consagrado al dios. Tanto en Edfu como en otros santuarios existía una peregrinación en que un egipcio se presentaba con una momia de halcón para depositarlo en honor a la deidad y requerir así su poder y beneficio.

En definitiva, a Horus, «el elevado», se le consideró iniciador de la civilización, la deidad del cielo, de la guerra y de la caza. Su inicial emplazamiento fue Hieracómpolis, la capital del Alto Egipto en época Predinástica, punto de partida de Narmer para la unificación de las dos tierras. Y, como es lógico, su emblema era un halcón situado sobre un poste. En los enterramientos se encontraron numerosos abalorios que conformaban collares y brazaletes, muchos de ellos tenían, talladas en diferentes tipos de piedra, figuras en forma de halcón. A partir de entonces, esta ave es un elemento simbólico, visible en cualquier rincón de Egipto.

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