Cabeza de noble

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Icónica representación de un personaje de la alta sociedad egipcia en la época llamada Imperio o Reinado Medio.

La cabeza encuadrada por una peluca de forma triangular, aparecida en este lapso que evolucionará durante el Imperio Nuevo, cubriéndola en su totalidad a excepción de cara y orejas. El rostro, aunque recuerda los rostros idealizados y muy redondeados de la IV y V Dinastía, presenta fisonomías personalizadas. La principal característica del Imperio Medio, contrastando con periodos anteriores, es una tendencia hacia una representación "humanizada" de la realeza en las estatuas. Esta leve idea de realismo, y en particular en los retratos, también se plasmó en las obras que hizo esculpir para si la nobleza egipcia. En ese momento, las estatuas de dignatarios y cortesanos, realizadas en su mayoría a tamaños inferiores al natural, ya no se depositaban únicamente en las tumbas, sino que se presentaban en templos y capillas, como ofrendas a los dioses.

Además del trabajo en los rostros, los escultores introdujeron diversas modificaciones, creando figuras sentadas en un taburete o silla, e incluso en el suelo. Vestidos con un manto, un taparrabos o una falda, con las manos colocadas sobre las rodillas o un brazo doblado hacia el pecho. El manto simbolizaría el dios Osiris, cuyo cadáver fue envuelto firmemente con vendas y renació para la vida eterna. Los individuos se muestran con sus cuerpos envueltos en una capa gruesa, expresado, de este modo, el deseo de renacer después de su propia muerte física. Al mismo tiempo esta superficie lisa sirve de plataforma para introducir registros de escritura.

Para los antiguos egipcios todo aquello representado, ya fuese mediante esculturas de bulto redondo o en relieves parietales, adquiría vida. A partir de esta creencia es lógico entender que en una sepultura, quienes podían permitírselo, del mismo modo que se representaba su imagen en las paredes, colocase esculturas le representaban, obviamente por los cánones egipcios, era una imagen idealizada. La escultura perpetuaba su integridad física y su identidad, así si su cuerpo desaparecía él seguiría viviendo en el Más Allá. Se ocupaban los espacios libres en la obra, como los tronos, los pilares dorsales y las bases, para la inserción de una inscripción donde mencionase el nombre del difunto y propietario, así como sus títulos, con un seguido de fórmulas mágicas y fórmulas de ofrendas. Éstas últimas eran necesarias para poder seguir recibiendo ofrendas alimenticias para toda la eternidad.

BIBLIOGRAFÍA:

- DELANGE, E. Statues Égyptiennes du Moyen Empire. Musée du Louvre. Paris. 1987.

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