Cilindro de la Serpiente Nenúfar

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Fino cilindro realizado en cerámica de paredes finas, con apertura superior y base plana, con la superficie bruñida en color negro, tanto en el exterior como en el interior. Toda la cara exterior del vaso ha sido decorada con relieves, de los cuales se distinguen dos escenas alternadas en un total de seis registros en diagonal. Las tres escenas labradas en altorrelieve representan iconográficamente a una deidad con sutiles variaciones de una a la siguiente. Las tres tienen un hocico largo con una flor del lirio de agua en el extremo. Esa flor, así como las hileras de puntos a lo largo de la cabeza, las identifica con la Serpiente Nenúfar, un ser sobrenatural asociado con cuerpos de agua inmóviles. Los círculos en los otros paneles probablemente también hacen referencia al agua, manteniendo así una relación directa con las imágenes de la deidad.

Durante el período Clásico, los mayas crearon tres deidades representadas por ese animal: la Serpiente de Visión, la Serpiente Guerrera y la Serpiente Nenúfar.

La primera era invocada durante los rituales para que permitiera que los ancestros llegaran a Xibalbá y para que las deidades celestiales bajaran a dar consejo a los sacerdotes. Tales ceremonias incluían perforaciones en la piel, por lo regular en las orejas, los labios, la lengua o los genitales, las cuales se hacían con espinas o con cuchillas de obsidiana. La sangre caía sobre pedazos de corteza que posteriormente quemaban. De ese humo espeso surgía la imagen de una serpiente, a la que llamaron «de Visión» —la pérdida de sangre, además, inducía una especie de trance—. De esa cuenta, los mayas podían hablar con sus ancestros.

Se cree que las serpientes Guerrera y Nenúfar surgieron del contacto con los teotihuacanos. La Guerrera se concebía como la protectora de aquellos que iban a la batalla. La Serpiente Nenúfar se asocia con las aguas tranquilas, con serpientes que nadan en el fondo y con nenúfares que flotan en la superficie. Poco se sabe sobre el simbolismo que tienen juntos estos dos elementos, excepto que esa planta representa la división entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El que los mayas hayan plasmado a la serpiente junto al nenúfar quiere decir que la creían muy poderosa.

En el mundo maya existen cientos de figuras alusivas a las serpientes. Incluso fueron los glifos emblemas de sitios importantes —como en el Reino Kan, el Reino de la Serpiente en el área de El Mirador, Petén—, ya que representa al dios Bolon Dzacab. También aparece en los cetros-maniquí, elementos de poder que están en las manos de los gobernantes de muchas estelas y monumentos del Clásico Tardío.

Las figuras de serpientes, además, fueron plasmadas en vasijas de cerámica, relieves y esculturas talladas en piedra y modeladas en estuco en los edificios. Las últimas representaciones de este animal se hicieron hasta la llegada de los españoles a tierras americanas.

Los vasos o cilindros mayas constituyen una fuente de información inagotable sobre su cultura. Son un soporte privilegiado donde supieron plasmar con gran maestría su imaginario: informan sobre la historia y la vida de las élites, pero, sobre todo son un elemento importante para conocer la mitología; tanto las imágenes de los dioses como los mitos, frecuentemente acompañados por glifos que indican el nombre de la persona o dios, que definen cuál es la actividad que están representando. A veces otro tipo de inscripciones aparecen en los vasos mayas, las llamadas dedicatorias, en la que se nombra quién ha sufragado la realización del vaso, para qué fin y, en algunos casos, el nombre del autor. De este modo se sabe qué forma se utilizaba para contener qué líquidos; los recipientes cóncavos y cilíndricos eran destinados a almacenar en su interior bebidas para ser consumidas durante las fiestas de las clases privilegiadas —sobre todo el chocolate—. Estos recipientes de gran valor eran intercambiados entre sí por los comensales u objeto de regalo.

Aun siendo de procedencia funeraria, la gran mayoría fueron realizados para ser utilizados en vida, aunque era habitual que se llevaran a la tumba esos mismos, o parecidos, para incluirlos en su ajuar. Se trataba siempre de piezas realizadas mediante modelado, dado que esta cultura no conocía el torno. Los colores utilizados fueron siempre engobes, con base de arcilla, y las vasijas se horneaban a una temperatura baja, de aproximadamente 800º C.

En la época del Clásico Antiguo, los artistas trabajaban más fácilmente mediante la escisión y la incisión en la arcilla aún húmeda, de forma que después de la cocción se produjese un tipo de cerámica equiparable a una decoración similar técnicamente a los grabados en bajorrelieve de los monumentos. En el momento en el que se policromaban, lo hacían habitualmente de la misma forma como pintaban los muros, es decir, a frio sobre un yeso de cal o de estuco recubriendo la pieza según un procedimiento que no parece ser original de la zona maya sino de Teotihuacán. En la época del Clásico Reciente, la decoración está pintada por medio de engobes o barbotinas aplicados antes de la cocción. La gama de colores de estos recipientes es muy viva y colorida, mientras que algunos otros, los llamados vasos de tipo Códex, muestran simples líneas negras sobre un fondo blanco.

PARALELOS:

- Mayavase n.K5791.
- Mayavase n.K7267.

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