Cista

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Se llamaba cista en la antigua Grecia a los recipientes destinados a contener diversos bienes; en las zonas rurales, éstas solían ser de mimbre y servían para almacenar los frutos de las cosechas. No obstante, su nombre se utilizó también para denominar todos aquellos pequeños contenedores presentes en la vida diaria, diseñados para guardar piezas de juego, objetos de higiene personal, etc. La presencia de una tapa la convirtió en una caja ideal para custodiar objetos de valor como joyas o monedas, adquiriendo un nuevo simbolismo: el de contener un bien preciado. De esta forma, las cistas se convirtieron en un elemento omnipresente en los ritos mistéricos, especialmente aquellos celebrados en honor a Deméter y Dioniso. En estas liturgias, las cistas se abrían y revelaban su contenido sólo a los iniciados, razón por la que su imagen se convirtió en símbolo de estas creencias.

En Etruria, entre los siglos IV y III a.C., las cistas pasaron a formar parte de los ajuares funerarios -alrededor de 120 ejemplares de estos contenedores fabricados en bronce se han hallado en varias necrópolis, aunque la mayoría provendrían de Praeneste, Palestrina, a 37 km de Roma-. Salvo pocas excepciones, la mayoría de las cistas eran cilíndricas u ovales, mientras que las angulares solían ser más escasas. Las cubiertas, asas y pies, se convirtieron en pequeñas aplicaciones ornamentales, mientras que el cuerpo pasó a transformarse en un lienzo en el que artistas griegos o etruscos, copiando el estilo de la cerámica de figuras rojas con decoración incisa, representaron diversos mitos. Una pequeña cadena unía las asas, vestigio que evocaba su función de contener objetos de tocador colgando de la pared. La técnica para concebir estos bienes de lujo, alcanzó su cénit en Etruria, ya que su proceso de manufacturación requería diferentes artesanos para su creación: el trabajo en metal, la decoración y, por último, el ensamblaje de las piezas.

Una de las cistas más bellas se conserva en el Museo Villa Giulia de Roma (inv. 24787), la llamada “cista Ficoroni” ya que perteneció al famoso coleccionista Francesco de Ficoroni (1667 - 1747). Gracias a las inscripciones conservadas, puede saberse que fue Novios Plutius el artesano, cumpliendo el deseo de Dindia Malconia, quien la encargó para su hija (350 - 330 a.C.). La cubierta está ricamente decorada con una escena de caza incisa y tres figurillas estantes sobre la misma, Dioniso y dos sátiros, motivos habituales del repertorio funerario. En el cuerpo del bronce se observa el mito de los Argonautas, el conflicto entre Pollux y Amicus, posiblemente copiando una pintura del s. V a.C. realizada por Mikon. Los pies de la cista son garras felinas que apoyan sobre una rana, unidas al cuerpo de la vasija con un aplique en donde se representa a Heracles, Teseo y Piritoo. Otras cistas similares de gran belleza se conservan en el Metropolitan Museum of New York (n. 22.84.1a,b y 22.84.2a, b) y en el British Museum (1888,0501.1).

En el cuerpo de la presente cista se observa una procesión de derecha a izquierda, a saber: un caballo alado sujetado por las riendas por un personaje masculino desnudo, con clámide y portando una lanza -posiblemente se trate de un soldado o guerrero-. A su lado, un personaje tocado con gorro frigio se vuelve hacia él, mientras cubre su espalda con un pequeño paño. Más adelante se aprecia una figura femenina sedente y velada, vestida con pesados ropajes, junto a una bella joven con un intricado peinado que sujeta una patera y un praefericulum- objetos empleados habitualmente para realizar libaciones, sacrificios no cruentos-. Recibiendo a estos personajes, se sitúa una figura con gorro frigio, con las orejeras levantadas y de frente al espectador, girando su rostro levemente hacia la joven. Sobre su gorro se aprecian ramas vegetales y una suerte de rayos solares en la parte superior. La escena parece tener lugar al aire libre, por la presencia de paisaje y palomas. Un extraño símbolo aparece entre el guerrero y el personaje que se vuelve hacia él: un semicírculo del que penden tres pares de colgantes, posiblemente una suerte de escudo u ornamento.

Los caballos alados no pertenecían al repertorio original etrusco, fueron adoptados de los griegos, de la representación de Pegaso, el caballo alado de Belerofonte. Su incorporación al repertorio se debe, posiblemente, al gusto por lo helénico y su efecto decorativo. Este motivo aparece, a modo de ejemplo, en el carro funerario de Spoleto del s. VI a.C. (Metropolitan Museum of Art, NY n. 03.23.1), en la decoración del frontón del templo mayor de Tarquinia (s. IV - III a.C., Museo Nazionale di Tarquinia, s/n) y en la estela de Certosa (s. V a.C., Museo Nazionale di Bologna, inv. Ducati 168). En el primer caso, el carro presenta un programa iconográfico relacionado con Aquiles: la lucha entre el héroe y Héctor (príncipe de Troya), su madre haciendo entrega de las armas y, por último, la apoteosis de Aquiles, en un carro tirado por caballos alados. El gran templo de Tarquinia habría estado decorado por dos caballos alados realizados en altorrelieve en terracota y brillantes colores. Los arqueólogos suponen que habrían formado parte del carro de un dios, aunque no existe consenso sobre su identidad. En la estela de Certosa, un carro tirado por caballos alados guía al difunto hacia el Inframundo. Por tanto, es posible que el caballo alado esté relacionado con el mundo funerario y la escena de la cista sea, probablemente, de esta naturaleza.

La figura masculina con clámide y lanza se asocia con la del soldado ya heroizado, representado a la griega, es decir, desnudo. También podría tratarse de Laran, el dios de la guerra, retratado generalmente como un joven desnudo con lanza y casco, aunque en la presente representación carece de éste. Laran estaba casado con Turan, diosa del amor, cuya imagen suele ser la de una bella joven alada, siempre acompañada por aves, especialmente palomas. La figura que se vuelve hacia el joven desnudo, recuerda a los daimones del inframundo representados en la estela de Certosa, ya explicada, y en la de Vel Kaikna (s. V a.C., Museo de Bologna Duc 10): en ambos ejemplos el personaje se vuelve hacia el difunto, como si quisiera obligarlo a adentrarse en el Inframundo. Si tenemos en cuenta que Charun, el daimon que guardaba las puertas del Hades, solía representarse con una suerte de gorro frigio (Tumba de François de Vulci, 350-330 a. C.), podríamos afirmar, sin duda alguna, que estamos ante una iconografía de carácter funerario. A pesar de que la tradición icónica de Charun ofrece una imagen monstruosa del daimon, con rasgos zoomorfos y sujetando diversas armas, en épocas posteriores su imagen se “helenizó”, embelleciendo su rostro, y se lo asimiló al Caronte grecorromano.

Las figuras femeninas, tanto la sedente como la estante, podrían interpretarse como familiares o sirvientes del fallecido, ofreciendo libaciones en su honor y acompañándolo hasta las puertas del Hades. Este tipo de representación es habitual en las tumbas etruscas, como sucede, a modo de ejemplo, en la Tumba del Barón de Tarquinia (c. 510 a.C.). En la pintura mural, se observa a dos jinetes montados a caballo afrontados en torno a una figura velada que parece recibir la ofrenda de un personaje masculino acompañado de una aulista. La escena se complementa con vegetación y guirnaldas, en un ambiente muy similar al representado en la cista.

Por tanto, puede concluirse que la pieza recoge la tradición iconográfica de las tumbas, sepulcros y estelas funerarias etruscas de diferentes épocas, desde el s. VI al III a.C., en la que el difunto heroizado es recibido por Charun mientras se despide de sus familiares, quienes celebran los ritos funerarios pertinentes para garantizar su buena fortuna en el Más allá.

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