Fresco con un oferente

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Pintura mural realizada al fresco perteneciente a un hipogeo o tumba de la época conocida como Reino Medio. El fragmento formaría parte de uno de los motivos más representados, los portadores de ofrendas para el difunto. Concretamente, aparece como motivo central un portador masculino, de cuerpo rojizo oscuro, plasmado según el canon de representación egipcia: cabeza de perfil, torso enfocado hacia el frente y con la pierna izquierda adelantada en actitud de marcha. Presenta una peluca compacta corta negra, y únicamente viste con un faldín blanco. Con las manos sujeta, por las alas, un ave, seguramente una oca o pato. Justo encima pueden verse un par de pies que pertenecerían a otro portador situado en un registro superior, como delimita la línea horizontal pintada en negro. Era común distribuir las figuras en registros horizontales, ocupando todo el espacio vertical de las paredes de las tumbas. Estos portadores caminaban hacia la imagen, a mayores dimensiones, del dueño de la tumba, permitiendo así el acercamiento de las ofrendas. Al mismo tiempo, se podían intercalar con partes de texto, en este caso pueden verse dibujados dos signos jeroglíficos, que leídos de arriba abajo y de derecha a izquierda, es el inicio de una oración que haría referencia al propietario de la tumba.

Los egipcios creían en la vida después de la muerte y pensaban que era necesaria la conservación de los cuerpos. Así convertían los cadáveres en momias, después los guardaban en un sarcófago y los colocaban en tumbas. A su alrededor depositaban todo aquello que creían que necesitaría el difunto en la otra vida: ropa, alimentos, alhajas…; en definitiva un rico y variado ajuar.

Las tumbas más grandes y ricas en ajuar eran las de los faraones como, por ejemplo, las pirámides o las tumbas del Valle de los Reyes. En el Imperio Antiguo, aparecen las mastabas, formadas por una superestructura en forma rectangular de paredes inclinadas con diferentes estancias y capillas para rendir culto y aportar alimentos, y una subestructura, la propia cámara funeraria, a la cual se accedía por un pozo vertical, que posteriormente era recubierto para ocultar su acceso y evitar así el saqueo. Este concepto de tumba evoluciona en las dinastías siguientes a una tumba más discreta, evitando así aún más el acceso a los ladrones y aparecen los hipogeos: tumbas excavadas en el interior de una montaña, las había ocultas y otras tenían puertas de acceso para poder realizar rezos y ofrendas a los difuntos propietarios.

En los muros de las diferentes salas, tanto de las mastabas como de los hipogeos, fueron esculpidas o pintadas al fresco —durante el Reino Antiguo se esculpían los relieves, mientras que en el Medio la técnica del fresco fue la más utilizada—, diferentes escenas de la vida del difunto, algunos llegan a escribir su biografía: escenas de vida cotidiana, practicando actividades como la caza o la pesca, haciendo festejos… y en la estancia de la capilla, donde había una mesa de ofrendas y era el lugar de comunicación directa con el difunto, siempre aparecía representada su imagen a mayor tamaño y todo un séquito de portadores de ofrenda, ya sean de alimentos como de objetos de uso diario, pues los egipcios creían que todo aquello representado cobraba vida, así si sus descendientes dejaban de acudir, tendrían la comida representada en los relieves para subsistir toda la eternidad.

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