Herma janiforme

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La herma constituye una creación griega cuyo origen se remontaría al s. VI a.C. Se trata de un pilar esculpido en piedra, generalmente de sección cuadrada, sobre el cual se situaba el busto del dios Hermes, de quien hereda el nombre, mientras que en la parte frontal del mismo se tallaba un falo erecto, símbolo de la fertilidad, pero también de la defensa y la profilaxis. No obstante, otras teorías sostienen que la primera herma representaba en realidad a Dioniso, dios de la fertilidad y la naturaleza en su estado primigenio.

Las hermai (herma en plural) se colocaban en el ámbito rural para delimitar carreteras y establecer los límites de las propiedades, aunque en las ciudades era habitual hallarlas fuera de las casas, junto a una figura de Hécate, protectora de los cruces de caminos. En la Antigüedad se creía que en las zonas fronterizas, de tránsito, también llamadas «liminales», habitaban seres malignos que podían decidir el destino de quien se atreviera a cruzarlos. Por ello, proliferaron todo tipo de creencias y amuletos que aseguraban proteger a los viajantes y comerciantes.

Las cualidades apotropaicas, es decir, de alejamiento de lo maligno, ya fuera espíritu, adversidad o enemigo, de las hermai propiciaron que se mantuviera el estilo arcaico que caracterizara los primeros ejemplares conocidos. Si bien las hermai, como tipología escultórica, evolucionaron desde la representación del dios Hermes, mediante la adición de otras divinidades o retratos de hombres ilustres, es posible afirmar que se intentó mantener el estilo primitivo. En época romana, las hermai perdieron su sentido original al ser incorporadas a los jardines de las grandes domus, con una mera función estética, simple evocación del clasicismo heleno, aunque en ocasiones, continuaran tallándose los órganos sexuales en la parte inferior del pilar como reminiscencia de su arcaica relación con el culto a la fecundidad.

Este ejemplar, de producción romana, responde a la tipología del doble herma o «janiforme», en la que se observan dos cabezas opuestas unidas por la nuca (tal y como se representaba al dios romano Jano), observándose, en este caso, a Apolo y Dioniso niño. El pilar conserva dos perforaciones en los laterales, los cuales habrían servido para insertar la pieza en una balaustrada decorativa o acoger guirnaldas ornamentales.

Apolo era el dios de los oráculos, la caza, la poesía, la música, y la sanación, pero también de la muerte súbita y las plagas. Pertenecía a la generación de los dioses olímpicos griegos, al ser hijo de Zeus y la titánide Leto, y mellizo de Artemis. En época tardía, se lo identificó con Sol/Helios, encarnando los valores de justicia, orden, mesura y la razón. Tanto en época griega como romana, la figura de Apolo se representa como un joven imberbe, de gran belleza, acompañado por sus atributos más habituales, como lo son el arco y la flecha, la cítara, el laurel, el ónfalo, el trípode, el grifo, etc.

A pesar de que se trata de una herma de época alto imperial, ésta imita el estilo arcaizante, especialmente visible en los cabellos del dios. Éstos enmarcan su rostro con dos hileras de rizos que caen sobre ambos hombros, mientras se disponen dos mechones ondulados sobre las sienes, similar a la herma conservada en los Museos Capitolinos (inv. MC1372). De esta forma, la figura arcaizante remite a la tipología del kurós griego (Museum of Fine Arts, Boston, N. 03.997), aunque en este caso, la línea de las cejas y los ojos almendrados han sido matizados por el escultor.

Dioniso, cuyo nombre significa «hijo de Zeus» era el dios olímpico de la naturaleza, las celebraciones (symposium), el vino, el éxtasis, el desorden y el teatro, y entre sus mitos se incluyen viajes a lejanos territorios (Egipto, Anatolia, India, etc.), detalle que podría indicar el origen oriental de la divinidad.

Hijo de Zeus y Sémele, princesa de Tebas, el mito sobre el nacimiento de Dioniso presagia la naturaleza mistérica que adquiría su culto. Enterada la vengativa Hera de la infidelidad de su consorte Zeus, convenció a Sémele, quien ya estaba embarazada de Dioniso, para que éste se le presentara en toda su majestad. Si bien Zeus al principio se resistió, terminó cediendo a los deseos de su amante quien, al ser una mera mortal, fue fulminada por el fuego y los rayos. Desesperado por lo ocurrido, Zeus consiguió salvar a su hijo al coserlo a su muslo hasta completar la gestación. De ahí, que a Dioniso se le conozca como «el dos veces nacido» o con el epíteto dimetor («de dos madres»). Pese a tener una madre mortal, fue considerado un dios desde su nacimiento. Una vez que se produjo el mismo, existen dos versiones sobre su crianza: una de ellas sostiene que Zeus entregó el niño Dioniso a Hermes, mientras que otra asegura que estuvo bajo la tutela de las Ninfas de la lluvia de Nisa, quienes le sacaron de las cenizas maternas y lo entregaron posteriormente a la reina Ino.

El hecho de que Dioniso sobreviviera a la muerte de su madre se interpretó como un triunfo sobre la muerte, siendo adorado ya como divinidad mistérica en Eleusis, junto a Deméter y Perséfone. Asimismo, las fuentes antiguas aseguran que el dios fue iniciado en los misterios frigios por la propia diosa Cibeles, mientras que la tradición órfica narra la segunda resurrección del dios: los Titanes, celosos de las atenciones que recibía por parte de Zeus, despedazaron y destruyeron su cuerpo, salvo el corazón. Recogido por Atenea, éste fue ingerido por su padre y Dioniso emanó nuevamente de Zeus.

En la herma que centra nuestra atención, Dioniso infante es representado como un niño de mejillas llenas y facciones redondeadas, similar a un erote, con el cabello separado por la mitad, el cual cae en forma de grandes ondas sobre la frente y rizos sobre las sienes. Su testa está ricamente adornada por una diadema de rosetas de cinco pétalos, similares a las que ornan su cuello, junto a hojas de hiedra, símbolo de la eternidad y atributo habitual del dios del vino. Si bien la representación de Dioniso infante ya aparece en la pintura vascular griega del s. V a.C. (crátera de figuras rojas, Museo Gregoriano Vaticano, N. 559), su prototipo escultórico se popularizaría un siglo más tarde, gracias a la escultura realizada por Praxíteles (Hermes con el niño Dioniso, Museo Arqueológico de Olimpia). Dos hermai similares (Harvard Art Museum, inv. 1920.44.222 y Sotheby’s 12/6/2017, lote 38) dan muestra del éxito que tuvo esta iconografía en los primeros siglos del Imperio romano.

La elección de Dioniso y Apolo para decorar esta herma no resulta fortuita: en la mitología griega, Dioniso encarna el poder de la naturaleza salvaje, mientras que Apolo es generalmente una divinidad relacionada con la ética. El primero representa el frenesí y el desorden; el segundo, la armonía y la razón. Sin embargo, también existen semejanzas en las potencias que detentaban: ambos compartían el oráculo de Delfos (Eurip. Bacch. 300), eran divinidades sanadoras, recibiendo el nombre de iatpos o higates (Eustath. ad Hom. p. 1624) y protectores de las Artes. En la plástica, ambos son representados desde época clásica con formas femeninas y masculinas, recurso con el que se intentaba expresar las dos fuerzas primigenias que encarnaban estas deidades. Esta dicotomía sería recogida más tarde por Nietzsche en El Nacimiento de la Tragedia (1872), donde expresa cómo Apolo se relaciona con la prudencia, la pureza y el pensamiento racional, mientras que Dioniso personifica el caos, apelando a las emociones y los instintos.

No obstante, no se debe descartar que esta pieza represente, en realidad, a Dioniso niño y adulto, en su variante iconográfica de Dioniso tebano, imberbe. Esta tipología se aprecia en la herma doble conservada en el Museo del Prado (inv. E00091), la cual contó con gran difusión en época tardorrepublicana e imperial, combinando, por ejemplo, al Dioniso joven con el Dioniso barbado o al dios con Ariadna, así como también con ménades, sátiros y silenos (Museo Arqueológico de Nápoles inv.5074 y 5076; Museo de las Termas de Diocleciano, inv. 614; Museos Vaticanos inv. 2874).

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