Oinochoe

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La palabra oinochoe proviene del griego antiguo «οἶνος–χέω», cuyo significado alude a la propia función del vaso: «vino–verter». Sumamente popular durante los simposios, los diferentes modelos de estas jarras se exportaron por todo el Mediterráneo, con especial difusión por Italia, como se observa en este caso, asimilada por la cultura etrusca. El arte etrusco recibió influencias directas del arte figurativo griego, fundamentalmente en la concepción del cuerpo humano y la plástica naturalista, claramente visible en la amplia producción de escultura en terracota del s. VI a. C. y en los coloridos frescos que decoran sus necrópolis.

Aunque aún no existe consenso entre los historiadores acerca del origen de los etruscos, fue un pueblo que se desarrolló en las regiones de la actual Toscana, Umbría y el Lacio de la península itálica durante los siglos VIII-I a.C. Durante el Periodo Vilanoviano (s. IX-VIII los etruscos crearon asentamientos que se convertirían en grandes ciudades, beneficiadas por la abundancia de cosechas, el buen clima y los copiosos yacimientos metalíferos. A partir del siglo VIII a.C., cuando empezaron las incursiones de los Fenicios y Griegos en sus territorios, los líderes etruscos se aprovecharon de los contactos comerciales para incrementar su riqueza y adoptar la tecnología foránea. En el s. VI a.C., considerado el periodo «clásico» de esta civilización, los etruscos ya estaban organizados en ciudades-estado independientes con un régimen monárquico que se haría con el control de la incipiente Roma.

Este oinochoe en bronce presenta una bella pátina verde con algunas manchas anaranjadas. De base plana, se ensancha en su parte alta con hombros marcados de perfil redondeado, con un cuello ancho y corto que culmina en una boca en la que se aprecia el pico en ángulo sobre elevado y alargado similar al prototipo de jarra picuda 9 establecido por Beazley (ver Museo Arqueológico Nacional inv. 1999/99/156). Una gran asa estriada vertical une la boca con el cuerpo de la jarra: ésta se bifurca sobre el labio del vaso y remata en forma de perilla, una posible estilización de cabezas de serpientes, pues la decoración con motivos zoomorfos era habitual en los oinochoes etruscos. El asa culmina sobre el cuerpo con un aplique en forma de palmeta invertida con tallos en espiral que finalizan en hojas a ambos lados. Éste era un modelo habitual entre las jarras etruscas, como se percibe en los tres ejemplos conservados en el Metropolitan Museum of Art, New York (n. 12.160.1, 12.160.2 y 12.160.3) o en uno recientemente vendido en Christie's (6/12/16, Lote 30). Esta tipología se produjo principalmente en la ciudad de Vulci, Civita Castellana, desde la cual se exportó por toda Italia y al resto de Europa.

En la decoración se observan dos registros incisos: en la base y en los hombros un meandro continúo, únicamente interrumpido en la parte superior por una cartela con un lazo. El registro superior se complementa con una banda de pequeñas palmetas también continuas. El grabado en el bronce parece haber sido realizado con una herramienta peculiar que marca el metal con un fino zigzag, similar al que se aprecia en el cílice conservado en el Metropolitan Museum of Art, New York (n. 09.221.21). En el campo compositivo formado por estas bandas y debajo del pico de la jarra, aparecen representadas dos figuras masculinas afrontadas de perfil sobre una línea recta y una banda curvilínea, que podría simular el movimiento de las olas. Ambos personajes están vestidos con paños dispuestos en voluminosos pliegues, gracias a la técnica del sombreado aplicada con el propio buril.

La figura de la izquierda sostiene un casco de larga cresta, como los adoptados por los etruscos de los hoplitas griegos. Éste parece ser más joven, con larga melena sujetada por una banda en las sienes mientras que en su rostro destaca la nariz de grandes proporciones. No obstante, su característica más notable es que se trata de un personaje alado, posiblemente de uno de los daimones del Inframundo etrusco. En las primeras representaciones, Charun se presenta como un genio con rasgos animales (con la nariz de buitre) que guardaba la entrada del Más Allá y que generalmente torturaba las almas con un martillo o hacha. A partir del siglo III a.C., sus rasgos se vuelven más amables y se lo asimila al Caronte griego (Detalle de la Tumba de la cuadriga infernal, Panacce Necropolis). Por otra parte, Vanth era también un genio alado del Inframundo, el omnisciente heraldo de la muerte, semejante al Hermes psicopompos clásico. Ambos solían representarse flanqueando las puertas del Inframundo o recibiendo las almas de los fallecidos (Ver decoración de la llamada Tumba de las Ánimas, s. III a.C., Tarquinia y de la Tumba de los dos techos, s. II a.C.).

A la derecha, se sitúa la segunda figura masculina, barbada, que parece sujetar una gran lanza. Es posible que se haya representado una escena de carácter funerario: la llegada de un soldado o guerrero al Inframundo y recibido por Charun. El estilo de la representación no parece corresponderse con el empleado en otras obras de bronce etruscas como son los espejos, en donde la técnica carece de profundidad y las figuras son planas y lineales (ver British Museum n. 1865,0103.39). Por ello, es probable que se trate de una imitación etrusca de la plástica griega, ya que esta temática se repite constantemente en las estelas funerarias y en los lécitos con la misma función (Lécito de fondo blanco, Museo Arqueológico Nacional de Atenas, inv. 1926 y estela funeraria del Metropolitan Museum of Art, New York, n. 19.192.39).

En conclusión, se trata del principio vitruviano del decorum, cuando el motivo que decora el soporte alude al ámbito y a la función que éste desempeñaría, ya que muchos de los oinochoes etruscos metálicos han sido hallados en contexto funerario, como se verifica en la necrópolis de Santa Giuliana (Perugia, mediados s. IV a.C.), en la Tumba del guerrero de Vulci (Tumba XLVII s. IV a.C.) y en la llamada Tumba del carro en «La Gorge-Meillet» (Musée d’Archéologie Nationale Saint-Germain-en-Laye).

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