Perro

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Representación realista de la figura de un perro englobado dentro de los llamados «Perros de Colima», por pertenecer a dicha cultura. Está realizado en arcilla bruñida roja, sobre la que pueden verse marcas de raíces en tono más oscuro. Sus formas son redondeadas, con el vientre rechoncho, se apoya sobre sus cuatro patas cortas, dando la sensación de casi rozar el suelo. Presenta la cabeza recta mirando hacia delante. Los detalles faciales han sido realizados mediante finas incisiones. Cabe destacar el trabajo en la boca, entreabierta mostrando dientes y colmillos. Su aspecto está realizado con una clara vocación realista.

El tipo de perro pertenece a la raza Tlalchichi, un perro carente de pelo y apreciado —sobre todo entre la élite social—, no solamente por su compañía, sino por su carne. Considerándolos perros cebados para dicho consumo, se colocaban dentro de las tumbas como un «alimento simbólico» para el más allá.

Durante tiempo se ha creído que el perro representado en la mayoría de las figuras de cerámicas que provienen de Mesoamérica era el Xoloitzcuintle, pues cuenta con gran fama por ser la raza canina originaria de México. Pero se ha concluido que las piezas representativas de estos animales son los Tlalchichis y no los Xoloitzcuintles. Las diferencias no sólo son físicas, sino que implican toda una cosmovisión de los habitantes indígenas. Los perros Xoloitzcuintles tienen patas largas y rectas, son altos y delgados; mientras que los Tlalchichis fueron animales pequeños, gorditos, sin pelo y con las patas curvas.

Se cree que los Tlalchichis sustituían a los humanos en los sacrificios, debido a las evidencias encontradas en las «tumbas de tiro», donde hallaron el cuerpo de un perro de barro separado de la cabeza. Otras figuras, además, tenían cuerpo de perro, pero cabeza de humano, o quizás más una máscara de aspecto humano, lo que podría avalar la sustitución de uno por otro.

También se ha rebatido la idea de que el perro más viejo, del que se presume que tiene arrugas, le transmite el conocimiento al más pequeño; por el contrario, los estudios zoológicos muestran que esta raza únicamente presentaba este tipo de arrugas cuando eran cachorros. Existen numerosas representaciones que los muestran con grandes vientres, amplias sonrisas, e incluso bailando con otros ejemplares abrazados.

Además, se creía que eran la representación del dios que los Aztecas más tarde llamaron Xólotl y, como el común de las culturas de la Humanidad, guiaban las almas al inframundo.

El noroeste de México, lugar donde se desarrolló la cultura Colima, se caracteriza por una costa baja con múltiples accidentes naturales. Cada valle se constituye como un nicho ecológico independiente, donde prima el clima cálido y húmedo.

Se sabe poco acerca de sus modos de subsistencia, puesto que la mayoría de los datos provienen de la cultura material funeraria y no de sitios habitacionales, que usualmente proveen este tipo de información. Gracias a una agricultura de regadío, fue posible sostener una población relativamente grande, que vivía en pequeñas aldeas y centros urbanos relativamente independientes.

Su cerámica muestra una gran diversidad de figuras y formas, pero una escasa variación técnica. La mayor parte de las piezas corresponden a una alfarería rojiza bruñida, a veces decorada con incisiones naranjas o blancas. Abundan las figuras modeladas, tales como objetos y animales, especialmente perros, vegetales y conchas marinas. Entre las representaciones humanas destacan las figuras de enanos y jorobados, que resultan ser mucho más frecuentes que otras representaciones, tales como las figuras femeninas. Dichas representaciones se caracterizan por tener ojos con forma de «granos de café» y muestran con bastante detalle el tipo de atuendo de estas poblaciones. Sobre el trabajo de la piedra se conoce muy poco, únicamente se han encontrado escasas piezas como cabezas de mazas, pequeñas máscaras y figurillas. También trabajaron la cestería, el tejido y la metalurgia, material en que destacan piezas como agujas, hachas, cascabeles, narigueras y orejeras.

La gran mayoría de las figuras cerámicas que se han estudiado de este grupo cultural corresponden a ofrendas de tumbas de personajes de alta posición social. Para estos difuntos se realizaban complejos hipogeos, nombrados «tumbas de tiro», compuestos de un foso que, en algunos casos, llegaba a treinta metros de profundidad, al fondo del cual se encontraban una o varias cámaras donde eran enterrados miembros de una misma familia. Junto a los cuerpos se depositaba una gran variedad de objetos y todas estas representaciones cerámicas a modo de ofrenda, donde destacan estatuillas de cerámica que representan hombres armados y cuyo fin sería resguardar simbólicamente la tumba.

BIBLIOGRAFÍA:

- Sculpture of Ancient West Mexico. Los Angeles County Museum of Art. 1970.
- Trésors de la céramique précolombienne dans les collections Barbier-Mueller. 2003.
- VON WINNING, Hasso. Pre-Columbian Art of Mexico and Central America.
- TOWNSEND, Richard F. Ancient West Mexico. Art and Archaeology of the Unknown Past. Thames & Hudson. Chicago. 1998.

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