Escultura togada con un torques

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Escultura monumental representando a un personaje femenino, imposible reconocer a falta de la cabeza, aunque seguramente se trataba de una escultura privada. Tiene el cuerpo cubierto por un quitón, bastante ceñido, semejante a la túnica que fue llevada tanto por hombres como mujeres en la antigua Grecia y que posteriormente adaptarían los romanos. Sobre este tejido se ha añadido un himatión, desciende por los hombros, y recogido en con el brazo izquierdo. Su cuello se haya decorado con un torques, collar rígido y redondo abierto en la parte anterior que alude a su alta situación social. La mayor parte de los estudiosos coincide en que los torques eran portados como señal de nobleza y de alta situación social. Con la mano derecha, estirada en paralelo a su cuerpo, sujeta una piña. De la túnica sobresalen, de forma triangular, las sandalias. Toda la figura se sitúa sobre un plinto o escalón que completa la escultura.

A diferencia de otras esculturas de este periodo, la belleza de la escultura no se basa en la combinación de pliegues de su toga, sino en el gusto por la creación de una pieza armónica y equilibrada en su conjunto. Sin embargo, a pesar del hieratismo y la rigidez que muestra la escultura, el artista busca acentuar el movimiento a través de detalles como el corte diagonal en los ropajes.

El periodo al que pertenece esta escultura monumental se caracterizó por el resurgimiento del clasicismo, en consonancia con la fase alta helenística, tipificada por el estilo de las esculturas de Pérgamo. Después de la conquista romana de Grecia y de la entrega de un sinnúmero de estatuas griegas, llevadas a Italia, los romanos aplicaron a su estatuaria las modas helenísticas.

Los romanos aportaron dos importantes novedades al mundo de la escultura: el retrato y el relieve histórico, ninguno de los cuales existía en el mundo griego. Sin embargo, siguieron los modelos griegos para gran parte de su producción escultórica, base que en Roma se conjugará con la tradición etrusca. Tras los primeros contactos con la Grecia del clasicismo a través de las colonias de la Magna Grecia, los romanos conquistan Siracusa en el 212 a.C., una rica e importante colonia griega situada en Sicilia, adornada con gran número de obras helenísticas. La ciudad fue saqueada y sus tesoros artísticos llevados a Roma, donde el nuevo estilo de estas obras sustituyó pronto a la tradición etrusco-romana imperante hasta el momento. El propio Catón denunció el saqueo y la decoración de Roma con las obras helénicas, que consideró una peligrosa influencia para la cultura nativa, y deploró que los romanos aplaudieran las estatuas de Corinto y Atenas, ridiculizando a la vez la tradición decorativa en terracota de los antiguos templos romanos. No obstante, estas reacciones de oposición fueron en vano; el arte griego había sometido al etrusco-romano en general, hasta el punto de que las estatuas griegas se encontraban entre los premios más codiciados de la guerra, siendo exhibidas durante la procesión triunfal de los generales conquistadores. Poco después, en el 133 a.C., el Imperio recibió en herencia el reino de Pérgamo, donde existía una original y pujante escuela de escultura helenística. El enorme Altar de Pérgamo, el “Galo suicidándose” o el dramático grupo “Laocoonte y sus hijos” fueron tres de las creaciones clave de esta escuela helenística. Por otro lado, después de que Grecia fuera conquistada en el 146 a.C. la mayoría de artistas griegos se establecieron en Roma, y muchos de ellos se dedicaron a realizar copias de esculturas griegas, muy de moda entonces en la capital del Imperio. Así, se produjeron numerosas copias de Praxiteles, Lisipo y obras clásicas del siglo V a.C., dando lugar a la escuela neoática de Roma, el primer movimiento neoclásico de la Historia del Arte. No obstante, entre finales del siglo II a.C. y el principio del I a.C. se produjo un cambio en esta tendencia purista griega, que culminó en la creación de una escuela nacional de escultura en Roma, de la que surgieron obras como el Altar de Aenobarbus, que introducen ya un concepto narrativo típicamente romano, que se convertirá en crónica de la vida cotidiana y, a la vez, del éxito de su modelo político. Esta escuela será la precursora del gran arte imperial de Augusto, en cuyo mandato Roma se convirtió en la ciudad más influyente del Imperio y también el nuevo centro de la cultura helenística, como lo habían sido antes Pérgamo y Alejandría, atrayendo a un gran número de artistas y artesanos griegos. En la era Augusta Roma contribuye a la continuidad y renovación de una tradición que ya contaba con un prestigio de siglos, y que había dictado el carácter de todo el arte de la zona. En esta nueva etapa la estética y la técnica griegas se aplicarán a la temática propia de esta nueva Roma.

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