Estatua de Ptah-Sokar-Osiris

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El conjunto de la estatua se compone de dos partes diferenciadas. La figura propiamente dicha, una base alargada en la que se inserta.

La técnica de trabajo de este tipo de estatuas es muy simple y se mantuvo constante a lo largo de todo el periodo faraónico. Con una pequeña azuela de cobre se labraban las figuras por separado. Una vez terminada esta fase, muy a menudo, se golpeaba ligeramente la superficie de las partes (que posteriormente debían pintarse) para asegurar una mayor adherencia con el estuco de yeso. La pintura diluida en agua, se aplicaba a pincel. Como médium de agarre se añadía a una pequeña proporción de goma arábiga (resina de acacia nilótica). El fijado y el brillo final se obtenían mediante albúmina de huevo de ánade o con cera de abeja.

Una primera inspección nos dice que algo no cuadra en absoluto. La base está mal tallada y peor pintada. Su propia anchura varía en un centímetro, algo totalmente inusual en el buen hacer de los artesanos egipcios. Pero es que al cuerpo le pasa lo mismo. No se ha limado su superficie para conseguir un contorno suave al tacto y uniforme a la vista. Pero otra cosa totalmente distinta es la cabeza de este Ptah-Sokar-Osiris.

En la figura adjunta se aprecia que, se mire desde donde se mire, el trabajo del esculpido de la cabeza se puede calificar de extraordinario para este tipo de imágenes, incluidas las de mayor calidad y precio.

Las facciones han sido primorosamente tratadas, cuidando el menor detalle. Los párpados, algo caídos, confieren al rostro una sensación de tranquilidad ante el Más Allá. La nariz recta, los labios carnosos y el conjunto de cara y peluca tripartita perfectamente delimitados, incluso con un cambio de nivel frontal, que acentúa la sensación de realidad y nos remite a las mejores esculturas en madera, no sólo del Reino Medio, sino, incluso del Imperio Nuevo. Estamos ante una obra de arte de la talla en madera, enfundada en un mediocre cuerpo que parece no pertenecerle. Pero analicemos más puntos, antes de emitir unas conclusiones.

Indudablemente, la .barba ha sido retocada de manera muy tosca. Lo mismo cabe decir de otras partes del cuerpo. Por ejemplo, si nos fijamos en la parte posterior, vemos que también se ha sometido a un raspado superficial que, por fortuna no ha sido total. En efecto, analicemos el dorso y veremos que la llamada columna dorsal, está perfectamente recortada e incluso pintada con una doble línea negra, mientras el interior era azul por indicios existentes; y todo para poder enmarcar correctamente el texto. La silueta de la imagen, principalmente la parte inferior, está bien contorneada, se marca perfectamente la silueta de las pantorrillas enfundadas en el sudario. Sin embargo, todo vuelve a cambiar cuando se ve el detalle de la entrega de la figura a la base. Más que una entrega, sin apenas juntas como en la mayoría de estas estatuas, parece como si se hubiese encastrado a la fuerza en una oquedad mal perfilada y sobre una base demasiado estrecha para la altura y anchura de hombros de la imagen del dios.

En consecuencia, ya se está en condiciones de afirmar que la figura del dios y la base no se hicieron conjuntamente. No se tallaron para conformar el conjunto que hoy vemos. ¿Cómo explicar esta mala unión? La respuesta es muy simple. En el antiguo Egipto no había árboles que permitieran ciertos trabajos en madera. La excepción, aunque sólo para piezas de pequeño tamaño, fue el sicomoro que por ser su madera incorruptible se consideró un árbol sagrado. La escasez de este material natural, hizo que fuera tan valorado como deseado.

Cuando una tumba quedaba abandonada, bien porque no hubiera familiares del muerto que la cuidasen o por cualquiera otra causa, no tardaba en ser saqueada, como lo demuestran miles de ejemplos. De hecho, existieron en todas las épocas talleres de reconversión que, por lo general, no transformaban las piezas de madera sino que, en sarcófagos o estatuas con texto, se cambiaba el nombre del muerto original por el del nuevo comprador. Existieron talleres dedicados a este lucrativo negocio de la muerte, y los había con buenos artesanos y con artesanos menos que mediocres. A esta última categoría hay que asignar el trabajo de este Ptah-Sokar-Osiris. La cuestión era eliminar los rastros identificativos del anterior propietario raspando la superficie de la pieza, cosa que si se hacía por un artesano inexperto daba los resultados que podemos ver aquí. En lo que respecta a la pieza en estudio, lo más probable es que sólo se recuperara la figura sin base. Si el taller no tenía un cierto nivel, lo normal, y muy frecuente en la práctica, era que sus operarios fuesen del todo analfabetos. Como mucho, trataban de imitar ciertos signos apenas reconocibles.

En registro vertical de color azul, bordeado de dos franjas azules, sin duda copiadas de la primera versión de la imagen original, tal como se aprecia en los vestigios del dorsal, se traduce como: “Palabras dichas… ¿señor? Osiris que preside el occidente, dios grande…” Está claro que al no saber leer, no sabían interpretar los signos. Al parecer trataron de copiar de algún otro Ptah-Sokar-Osiris, porque se aprecian signos más o menos reconocibles que, casi, siguen un orden de lectura.

En cambio los registros sobre la base son copiados tan rápidamente, por un artesano que no conocía la escritura, y sin sentido que hacen imposible su traducción. El registro central sobre la base es el único del que pueden extrapolarse tres signos jeroglíficos en la zona inferior, pretende ser la frase, mil veces escrita “el dios bueno”, no se ha respetado la obligada inversión mayestática y al signo “nefer” le sobran tres trazos horizontales.

Las bases alargadas son una constante en la mayoría de este tipo de estatuillas. Permiten, en su superficie lateral e incluso a veces sobre la misma, el desarrollo de la escritura jeroglífica, con plegarias a los dioses y cargos y nombres del muerto y su familia. En su parte anterior poseen una cavidad en la que se depositaban papiros con extractos del Libro de los Muertos, o figurillas momiformes de Osiris muy similares a los ushebtis. Este espacio tiene una tapita decorada que, en la mayoría de los casos, se remata con una figura de halcón, la principal forma del dios Sokar.

La estatua se enmarca en lo que en egiptología llamamos “estatuas de Ptah-Sokar-Osiris”. La fusión de tres dioses (en realidad, tres manifestaciones de un único dios) en uno sólo, en egiptología se denomina sincretismo. Las tres formas de aparecer se unen, aunque sin perder cada una de ellas su individualidad. Ptah es el antiguo dios de la primera capital del Egipto unificado: Menfis. Patrón de los artesanos, fue también dios demiurgo (creador del universo), según la doctrina menfita. La importancia de su influyente clero no conoció el declive a lo largo de todo el periodo faraónico. Por su parte, Sokar es el dios funerario (emanación de Osiris) de la necrópolis menfita, concretamente de la zona de Sakkara. Finalmente, Osiris es el dios de los muertos por excelencia su principal epíteto es khentyamentyu, “el que preside a los occidentales”, es decir, a los muertos. Los “occidentales” es un sinónimo de muertos, ya que las necrópolis se situaban en la orilla occidental del Nilo, el Occidente es también el lugar donde se pone el sol, y por lo tanto, donde comienza el reino del dios de los muertos, Osiris. Estas estatuas se colocaban en la cámara funeraria junto al sarcófago, con una clara intención protectora y regenerativa.

Este tipo de objeto funerario, si bien comienza a aparecer al final de la XIX Dinastía, alcanza su mayor difusión a partir de la Baja Época y perdura hasta la dominación romana. En la XXVI Dinastía saíta, se puso de moda el incluir una estatuilla con forma de pájaro y cabeza: el ba (la personalidad, asimilada al alma) del muerto.

Estas estatuas se colocaban en la cámara funeraria junto al sarcófago. Al igual que los llamados “Osiris vegetantes”, tenían la misión mágica de incitar al muerto a una pronta resurrección. Al mismo tiempo su poder mágico haría que no le faltase al ka (la esencia de la vida) del desaparecido, todo lo necesario para su subsistencia en el Más Allá. Lo anterior justifica la petición que figura en la plegaria del texto jeroglífico.

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