Retrato masculino

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Cabeza tallada de un bloque de mármol de grano grueso representando a un hombre de edad avanzada, marcando los signos de la edad en el rostro, con rasgos maduros; la frente arrugada con las cejas marcadas y el ceño fruncido, la cara gruesa y arrugada, la barbilla redondeada con suaves papadas, el cabello corto y cepillado hacia adelante en una franja. Un retrato de un personaje privado que formaría parte de una escultura completa de culto y devoción que bien podría situarse en la tumba del propietario o en la casa familiar.

Los llamados retratos republicanos fueron realizados durante el período de la República romana. Los bustos tienden a ser un poco más modestos, realistas, y naturales que los pertenecientes a la primera época del Imperio. Es precisamente durante la República en el que nace el retrato, con una doble función: honraba a los ciudadanos que habían destacado en el servicio a la ciudad mediante esculturas en bronce y mármol que poblaban los espacios públicos, y mantenía viva la memoria de los difuntos de las familias ilustres de la Urbe mediante las llamadas imagines maiorum. En todos ellos se representaba a individuos maduros que, según las pautas del realismo helenístico del siglo IV a.C., se distinguían por su austeridad y rigor.

El rostro había de ser la crónica de una vida, no un ideal, ni un héroe, ni un tipo, ni un presente. Había de ser un individuo en su inconfundible condición de único, la epifanía de un hombre concreto, aunque el papel realizado por él en este mundo no se adivinase con tanta facilidad como en un retrato griego. El modelo romano se impone al artista sin darle margen a la interpretación, la mirada de éste se quiebra en la coraza de la fisonomía. No aspira el retrato a perpetuar el semblante del hombre en su plenitud de años, de salud y de fuerza, cuando el cutis es aún lozano y la dentadura y el cabello están enteros. Al romano le interesa el pasado puro en cualquier momento en que haya alcanzado su fin, de niño, de joven o de viejo. El retrato no eleva al sujeto a la cumbre de una existencia mítica, sino al lomo del pasado, a un momento de la historia. El contraste no puede ser mayor: los retratos romanos no son como astros que fulgen en el firmamento, allá muy por encima de nuestras cabezas -un Pericles, un Sófocles, amados de los dioses o de las musas-; no son verdades intemporales, sino nuestros compañeros de fatigas, habitantes del mismo mundo duro y real en que nosotros habitamos. Como una crónica veraz y sincera, recoge el retrato los efectos que los avatares de la vida y del tiempo han ido produciendo en el rostro individual. No trata como el griego de imponer, con su fuerza interna, su faz al mundo, sino que se deja modelar por ésta en resignada pasividad. El romano gusta de respirar el aire de la historia, donde se hacen sentir el paso del tiempo y las mudanzas consiguientes. Luchas, pasiones, éxitos, fracasos, van dejando en el rostro su huella inexorable. De ahí su preferencia por retratos de viejos, verdaderas ruinas humanas, biografías sin páginas en blanco.

En favor de este argumento preferencial, y en contra de quienes atribuyen un peso abrumador a las imagines, hay que recordar que los retratos de jóvenes republicanos son escasísimos, y huelga decir que no todos llegaban a viejos. Al lado del retrato aristocrático, creado y controlado por y para las gentes mayores, había otro más popular y propio de las necrópolis, inspirado de lejos en aquél. Las adaptaciones se hacen muchas veces en relieves y en grupos de dos, tres o más miembros de una misma familia, libertos muchas veces, o miembros de familias mixtas. Sin negar el valor de estos retratos, hay que decir que el suyo es un mundo de arte industrial, apegado a sus fórmulas, que sólo tardíamente se hace eco de la obra de grandes retratistas, y en material barato, caliza o mármol de escasa calidad.

Si durante la República el derecho a contar con un retrato estuvo restringido a las familias de la aristocracia, a partir de Augusto se fue ampliando al resto de la sociedad. Libertos y ciudadanos se representaron en relieves y bustos de carácter mayoritariamente funerario. El retrato en la Roma republicana era una forma de establecer la legitimidad social y alcanzar el estatus a través de la familia y los ancestros. Las hazañas forjadas por los antepasados les ganaron a ellos y a sus familias la aprobación pública, y más; un pomposo funeral de estado pagado por el estado.

El sobrio estilo republicano evolucionó progresivamente bajo la influencia del retrato imperial, reflejando nuevos modelos ciudadanos. Sin embargo, el retrato privado romano, al margen de las diversas modas y estilos, nunca perdió su espíritu realista, la intención artística de reflejar los rasgos de una fisonomía única. Este elemento de “sinceridad” los convierte en imágenes especialmente cercanas para el observador actual.

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